Un rosario en las manos de una Hija de la Caridad




 

“ya no más resistencia a Jesús…”

    santa Luisa de Marillac

 

     No pensó en nada más que en su rosario, tan gastado como el delantal azul que junto a ella recorre los pasillos del “Hogar”. No pensó en nada más, solamente en las cuentas rosas enredadas en sus dedos. No pensó en cómo sería su caída, luego de tropezar en las escaleras hacia el patio del “Hogar”. Incluso le dio lo mismo si las asistentes de la cocina aún no llegaban, después de todo aprendió a cocinar en el noviciado. En verdad, sus cuentas palo de rosa y la constante imagen del Nazareno clavado en la Santa Cruz fueron su consuelo en aquel momento: ¡qué más dan las llagas de esta vida de servicio! si el Ángel Custodio permanece junto al Santísimo velando por mis caídas, mis derrotas, alegrías y anhelos. Ella cae por las escaleras, su mano derecha aprieta el rosario y su corazón se abre a la Providencia.

     Caerá, morirá y por misericordia será otra vez. Se levanterá del suelo y su rosario estará aún entre sus dedos. Simplemente "porque para mí –como les decía san Pablo a los cristianos de Filipo– el vivir es Cristo y el morir es ganancia" (Flp 1:21). Caer en Cristo es vida, muerte y resurrección, y otra vez, vida y muerte y resurrección; así a cada hora de la jornada de servicio y oración vicentina.

     No dejar de orar durante la jornada de servicio en una Hija de la Caridad, es lo mismo que rezar siete veces al día la angélica y humana liturgia del Pueblo de Dios en un coro de consagrados. Esto último, porque trabajo y oración caminan codo a codo por el sendero de la esperanza y del amor más caritativos, renovados en la acción cotidiana de la fe. Esta obviedad teologal, nos llevan juntos y juntas, como pueblo, a la contemplación plena del rostro de Cristo pobre en los sin prosperidad, en los sin futuro, en los marginados y excluidos desde la opción por la entrega y búsqueda diarias.

     Sobre lo anterior, santa Luisa de Marillac ruega a sus hermanas que por el mero hecho de amar a Jesús, “se renueven en su resurreción y reciban la paz que tantas veces nos dio en la persona de sus apóstoles” (Correspondencia 191). Pero no, por cierto, en esa suerte de oración estática, “sino en el trabajo y recuerdo de las llagas que por nosotros padeció; enseñandonos así que no podremos tener paz con Dios, con el prójimo y con nosotras mismas si Jesucristo no nos la da, y que no la dará sino por los méritos de sus llagas y sufrimientos, los que no nos serán nunca aplicados sin la mortificación de nosotros mismos, que adquiriremos imitándole en el cumplimiento de la voluntad de dios” (Idem).    

     Sin más claustro que las grietas de un rostro anciano por recorrer, sin más celda que la premura por el hambre de un pequeño, ni más Oficio Divino que una jaculatoria o el susurro mascullado de los Misterios del Santo Rosario, la “oración en servicio” de las hermanas de la Compañía de las Hijas de la Caridad se descubre como permanente entrega y memoria del Dios en el caminar del Buen Samaritano: misericordia y ternura, actitud orante y servicio efectivo.   








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